En 1975 dejaron sus carreras para apostar por un emprendimiento de programación. Ocho años más tarde los separó un rencor que persiste. El 19 de abril salen a la venta las memorias del cofundador de Microsoft
A dos semanas de su lanzamiento, Idea Man se ha convertido en una de las dos noticias que han mantenido en el ojo público a la quinta empresa del mundo. (La otra es una paradoja: Microsoft, tantas veces en el filo de la ley anti-trust, denunció a Google por prácticas monopólicas).
En su nuevo número, el prestigioso mensuario Vanity Fair publicó un anticipo del libro (en inglés; ver nota relacionada) e inauguró la polémica. Allen describe a Gates como un sermanipulativo, belicoso y capaz de conspirar para sacar provecho económico de la situación anímica de un enfermo de cáncer. Hasta la publicación del texto, Allen había dicho que Gates "tiene todo lo que uno quiere en un amigo" y le había agradecido que lo visitara durante su última quimioterapia.
De modo complementario a la descripción desfavorable de Gates, Allen se reserva un lugar de enunciación asociado a la honestidad y el talento. También estira la realidad, según empleados de Microsoft de aquellos tiempos. Se ubica, por ejemplo, en reuniones a las que no asistió.
Gates ha sido uno de quienes lo contradijeron hasta ahora. La sutileza no mengua su descalificación: "Aunque mi recuerdo de muchos de estos hechos puede diferir del recuerdo de Paul, valoro su amistad y las importantes contribuciones que ha hecho al mundo de la tecnología y a Microsoft", declaró.
Allen reduce los méritos de Gates a la práctica de negocios mientras se reserva la visión. Sin embargo, su gran fortuna -13.000 millones de dólares que lo ubican en el puesto 57 de la lista de Forbes- se hizo mayoritariamente en los años posteriores a su salida de Microsoft. A partir de ese capital inicial, se convirtió en el empresario de Vulcan y dueño de equipos como Portland Trailblazers (básquet) y Seattle Seahawks (fútbol americano).
Cierto es que su ex socio siguió creciendo. La fortuna de Gates, según la misma fuente, es de 56.000 millones de dólares.
Los años de la escuela
Bill Gates y Paul Allen iban a la misma secundaria, Lakeside de Seattle. El director del departamento de Matemática, un ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial, estaba convencido de la necesidad de que los estudiantes egresaran con conocimientos de computación. Como una máquina era demasiado cara, Mr. Dougall consiguió tiempo en una DEC PDP-10 de General Electric. Se accedía a ella desde un teletipo ASR-33 que hacía tanto ruido que fue necesario aislar la sala donde estaba. En esa sala Allen conoció a Gates.
Al principio, el muchacho rubio no le llamó la atención, pero a medida que compartían más tiempo en ese estudio voluntario, fue descubriendo que tenían muchas cosas en común.
También descubrió otras que le parecieron extraordinarias. Por ejemplo, que a los 13 años Gates, hijo de un abogado prominente del estado de Washington, leyera -"religiosamente", describió Allen- Fortune, que llegaba a su casa. Un día le preguntó cómo se sentiría dirigir una de las empresas que la revista destacaba entre las 500 mejores del mundo. Allen no se lo imaginaba. "Quizá algún día tengamos nuestra propia compañía", le dijo su amigo.
Allen era más desenfocado, su curiosidad sin fondo le hacía difícil la concentración. Gates, al contrario, ponía su atención en un asunto por vez con total disciplina. Masticaba un marcador y movía los pies al ritmo de una música que sonaba dentro de él. De esos años es la famosa foto de Allen sentado ante el teleprinter, con el aire de un hermano mayor, al que el jovencito rubio atiende concienzudamente.
El éxito y los problemas
Mientras estudiaba en la Universidad de Harvard, Gates lo urgía a que se mudara también a Boston. "Podríamos conseguir trabajo juntos como programadores", decía. Para intentarlo, Allen tomó un empleo en Honeywell. El primer encargo que realizaron juntos fue un programa de base para la computadora Altair de la empresa MITS, de Albuquerque.
MITS aprobó Altair BASIC, el primer lenguaje escrito para una computadora personal. Fue también la primera realización de los sueños de los amigos, convertidos en programadores. También inició los problemas entre ellos.
Gates no se sentía cómodo con la propiedad del 50 por ciento de la empresa que formaron, Microsoft (ver anticipo del libro de Allen en nota relacionada). Pidió el 60. Allen no se sintió cómodo con el reclamo. Mucho menos cuando la cifra trepó al 64 por ciento.
La personalidad de Gates
También los estilos de trabajo de los socios tomaron caminos diferentes. Según Allen, Gates convirtió a Microsoft en un ambiente de enorme estrés porque aplicaba a todos la exigencia desmedida que se aplicaba a sí mismo. Un programador podía trabajar más de 80 horas en dos días para terminar un encargo. Gates no entendía por qué querría tomarse un día libre.
Más grave resultó que los socios tomaran decisiones de maneras opuestas. Allen, escribió, prefería absorber toda la información disponible para tomar una decisión tan informada como se pudiera. Gates, en cambio, resolvía en discusiones intensas, luchas dialécticas con él. "Disfrutaba del conflicto y no le resultaba difícil instigarlo". Tenía manifestaciones manipuladoras, según su amigo cada vez más distante: si no le gustaba la posición de alguien, sacudía la cabeza mientras comentaba con sarcamo: "supongo que eso significa que perderemos el contrato". Si alguien se atrasaba, lo humillaba: "¡Yo podría escribir ese código en el fin de semana!".
No obstante, a Gates no lo excitaba la obediencia. Sólo respetaba a aquellos que sostenían sus posiciones a pesar de ser agredidos. En esos casos, retrocedía -lo compara Allen- como un jugador de póquer que alardea de tener cartas buenas y sólo cuenta con un par de tres.
Las peleas
Cuenta la leyenda que en las oficinas de Microsoft se habían instalado puertas sólo para ocultar las discusiones entre los socios. Sin embargo, las voces se alzaban y traspasaban la mampostería.
Allen se pinta bajo una luz favorable: "Bill no podía intimidarme en el plano intelectual. Sabía que yo estaba en la cima en lo referente a asuntos técnicos", escribe. "A diferencia de los programadores, yo podía desafiarlo en puntos estratégicos mayores. Lo escuchaba durante diez minutos, lo miraba a los ojos y le decía: 'Bill, eso no tiene sentido. No has considerado X, Y y Z'".
La entrada de Steve Ballmer a Microsoft marcó el comienzo del fin de la relación entre los socios. Gates llevó a su ex compañero de Harvard para que se ocupara de la comercialización de los productos. "Steve es más que listo y tiene toneladas de energía. Nos va a ayudar a construir el negocio y realmente confío en él", lo describió. El perfil que Allen hace es muy distinto: lo encontró parecido a "un agente de la NKVD", la organización soviética responsable de los gulags y las ejecuciones masivas.
Según el libro, acordaron que Ballmer ingresaría con el 5 por ciento de las acciones de Microsoft. Días más tarde, Allen vio el contrato. Gates le había otorgado a su amigo el 8,75 por ciento sin consultarle.
Donde hubo fuego
Una discusión menor, sobre la clase de tarifa que se aplicaría, creció fuera de proporciones. Allen, que además pasaba un momento muy difícil -el tratamiento de un linfoma-, decidió que se había roto un equilibrio. "Le dije a Steve que podría fundar mi propia empresa. Le dije a Bill que mis días como ejecutivo de tiempo completo en Microsoft estaban ya contados, probablemente."
A Gates le encantó la idea. Se puso a hablar del asunto con Ballmer. Cuando pasaba por la oficina, Allen los escuchó. Sintió que conspiraban contra él (ver anticipo del libro de Allen en nota relacionada).
El diagnóstico de cáncer había cambiado la filosofía personal de Allen. "Si sufría una recaída, sería insensato -y hasta peligroso- regresar al estrés de Microsoft. Si seguía recuperándome, ahora entendía que la vida era demasiado corta para pasarla con infelicidad", escribió.
Gates aceptó su renuncia. Eso era previsible. En cambio, Allen no esperaba que intentara comprarle sus acciones a un precio bajo, aprovechando su fragilidad emocional. Escuchó la oferta de cinco dólares por acción. "No estoy seguro de querer vender", le respondió, "pero si así fuera ni siquiera comenzaría a discutir por menos de 10 dólares".
El 18 de febrero de 1983 Allen dejó su cargo ejecutivo en Microsoft. Pero conservó su lugar en el directorio, algo de lo que no se arrepentiría.
Fuente: http://america.infobae.com/tecnologia
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